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En febrero de 1972 se publicaron en la revista Elle un par de columnas en las que se especulaba sobre las tendencias que en París podrían imponerse a lo largo del año que acababa de empezar: “ahora que Las palabras y las cosas ya no están de moda lo conveniente es citar a Jacques Derrida y decir que su último libro, La diseminación, es el mejor que se ha escrito sobre la droga. Si le piden que profundice un poco, defiéndase citando al autor, diga que un texto permanece siempre imperceptible”.
El éxito de Derrida con las mujeres yo no me lo explico, pero el filósofo tenía fama de seductor y se le conocen varias aventuras. La más importante — en todo caso, de la que más se ha hablado y la que mayor huella ha dejado en su obra — es la que mantuvo con Sylviane Agazinski. Su historia de amor empezó en 1972, en uno esos coloquios celebrados en Cerisy, de los que Jean-Luc Nancy subrayaba su carácter dionisiaco : “allí se hablaba y se discutía en todos los rincones, era, en todos los sentidos, una pequeña orgía intelectual, pero también sensual”. Jacques y Sylviane habían coincidido por primera vez dos años antes, cuando ella empezó a asistir a los seminarios que Derrida impartía en la Escuela de la calle Ulm. Tras meses y meses de pausada seducción, en julio del 72 las cosas se precipitaron. Sylviane había peleado con su novio, el escritor Jean Noël Vuarnet, lo que sirvió de pretexto para que una de las noches y también las siguientes, tras las conferencias y las conversaciones, ella y Jacques huyeran a Deauville, a Cabourg a cualquiera de los pueblos cercanos y comenzaran un apasionado romance.
Fuera del texto — que Derrida me perdone, porque ya sé que eso no existe, pero en fin — esta historia dura hasta el nacimiento de Daniel Agazinski, el hijo bastardo de Derrida, en 1984. La crisis que entonces se desata — Sylviane no sabe qué hacer, Derrida no reconoce al hijo, luego sí pero no quiere tener dos familias, todo un drama — pone fin a más de una década de infidelidad sistemática de la que todos, familiares, amigos y también Marguerite Derrida eran más o menos conscientes. Al respecto Pierre Derrida cuenta a veces una anécdota: “Yo debía de tener 11 o 12 años. Habíamos ido a París mi madre, mi hermano y yo para hacer no sé qué cosa y nos topamos por casualidad con Jacques y Sylviane en una situación que casi no dejaba lugar a la ambigüedad. Pero no hubo ninguna escena: mi madre hizo como si no pasara nada y saludamos a Sylviane como si se tratara de una colega más. Creo que incluso fuimos a tomar algo juntos a un café”.
En los textos, el romance se convirtió en el tema principal de La tarjeta postal, el primero de los libros autobiográficos de Derrida.
Las Confesiones de Rousseau Derrida las había leído cuando era adolescente y le habían dejado fascinado, era la época en la que empezaba también a interesarse por Nietzsche. En una conversación con Maurizio Ferraris muchos años después dirá: “Me gustaban tanto Nietzsche como Rousseau. Recuerdo muy bien ese debate interno, buscaba conciliarlos, admiraba a ambos por igual, sabía que Nietzsche criticaba sin piedad a Rousseau y me preguntaba cómo podía ser nietzscheano y rousseauniano a la vez. Aquellos textos autobiográficos me marcaron profundamente. En el fondo, las memorias — aunque con una forma que no sería lo que en general llamamos así — dan forma a todo lo que me interesa, el deseo irrefrenable de conservarlo todo, de reunir vida y pensamiento en el idioma de uno”.
La tarjeta postal está atravesada por una doble pretensión, por un lado Nietzsche y por otro Rousseau. En los textos preparatorios, Derrida explica que le gustaría transformar su relación con la anécdota: “en mí, la anécdota está sofocada, crispada, reprimida. Pero todas las buenas razones de esa represión deberían ser puestas bajo sospecha”. El filósofo quiere contar cosas, ¿y por qué habría de callarse? Sin embargo, gracias a su propio trabajo sabe — y también le conviene: para no exponerse demasiado, para no arruinar su matrimonio — que un texto es sólo un texto, que la relación que éste mantiene con las cosas que se han vivido nunca está asegurada y que cualquier lectura que pretenda establecer firmemente cuál es el vínculo entre el texto y lo que en realidad ha pasado — la crítica genética — está destinada a fracasar. Derrida quiere contar su vida, quiere hablar de Sylviane y quiere al mismo tiempo subrayar que tal cosa es imposible, mostrar que el texto introduce siempre una distancia insalvable y que lo cuenta será su vida y tal vez no. Como es difícil, casi imposible, hacer las dos cosas a la vez — contar su amor y contar que nunca es su amor lo que se cuenta — Derrida se ve obligado a improvisar estrategias para lograrlo. Lo cuenta entonces todo, pero de un modo sutilmente tramposo: se divierte multiplicando las pistas, deja en el texto referencias, nombres de personas y de lugares, fechas y acontecimientos verificables para que el lector sepa y crea saber y se precipite y de golpe pueda enviarlo a otro lugar donde habrá una pista falsa, una anécdota fraudulenta o al menos adulterada, cartas que escribió mucho después, una o varias cartas a otra mujer, cartas que nunca llegó a enviar o que acaba de inventarse, en definitiva, una ficción donde se esperaría que hubiese una verdad. El resultado es un texto difícilmente comprensible, en el que no está muy claro que pasa, salvo que dos personas se quieren a veces más, a veces menos, que atraviesan problemas — ¿pero cuáles? — y se dicen cosas bonitas — a veces muy logradas, otras para echar a correr.
“El rumor es despiadado: Derrida ha franqueado los límites. Ya no se lo puede leer. Ya ni siquiera los filósofos lo comprenden. Algunos lo confiesan con una sonrisa ambigua. Otros se preguntan qué está buscando ese pensador que contribuyó a la prosperidad de la moda intelectual francesa poniendo la lingüística en el centro de la filosofía y que se extravía con insistencia en un hermetismo desconcertante. Sus libros siempre fueron difíciles, pero antes el menos se sabía de qué trataban: de filosofía. Desde, digamos, La tarjeta postal ya no sabemos. Pretende que la filosofía también pase por las cartas de amor, los sellos postales, las cabinas telefónicas. ¡Lo mezcla todo!”

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Anoche conocí a todos los hijos de puta del mundo en un apartamento del barrio de Salamanca.
— No jodas, Susana. ¿Tengo que subir?
Han convertido la casa de una duquesa en un club privado. Seiscientos setencientos mil yo qué sé cuántos metros cuadrados llenos, a las dos de la mañana, de obras de arte — Miquel Barceló, Antonio López, un Francis Bacon —, muchísimos libros, mobiliario de diseño, alcohol y un centenar de mamarrachos. Niklas Gustafson, Willy Bárcenas, el CEO de Pescanova, un señor con pantalones fucsias de lino y yo mismo.
— ¿Pero qué hacías allí?
— Odiar.
Todos los que de vez en cuando nos ponemos exquisitos con las paridas de la izquierda cultural deberíamos intentar pasear más a menudo por Serrano. Viendo interactuar a estos ricos de colorines y taconazos uno simpatiza con los bolcheviques, el chavismo y con Barbijaputa si hace falta. Diez minutos del exquisito diálogo de la burguesía patria, inculta y provinciana bastan para querer gritar puño en alto: ¡Arriba parias de la tierra! ¡Si estirem tots, ella caurà! ¡Y hasta la victoria siempre!
Mientras Susana intenta librarse del técnico de sonido y de un fotógrafo pelón — podía haberle ido peor — yo recorro el lugar. Hablo con la gente, con los camareros, con la joven del guardarropa y con una pareja de socios numerarios, que están sudando y parecen muy contentos por la música en directo. Esta noche es de fiesta, me explican, pero de día hay eventos culturales, presentaciones de libros y pequeños conciertos. Mientras comentamos lo mucho que les ha gustado mi actuación — sic — y lo talentosos que les parecen los músicos africanos que están sonando ahora, pasa a mi lado la chica más guapa de la fiesta. Es alta, morena y lleva una falda azul. Le ha tocado acompañar a un señor influyente y feo, pobrecita. No quiero insistir demasiado en el aspecto de estos infelices, pero es que el caballero lleva una americana clara de rayas azules y una corbata anchísima de estampado floral. Outfit de primavera. No es una cuestión de dinero, ni siquiera de estilo. Cayetano Remírez de Ganuza — seguro que tiene un nombre así — paga dos mil euros anuales para que el lector de huellas de la portería reconozca sus dedos rechonchos, así que puede permitirse uno, dos o diez asesores de imagen que le hagan ponerse una puñetera camisa blanca y le digan que ese corte de pelo no. Yo creo que los tonos pastel y los mocasines son parte de un lenguaje secreto, una contraseña, un shibboleth.  Sirven para reconocerse. Son la batukada y el lenguaje inclusivo de los ricos.
Voy a por otra cerveza — la última — y vuelvo a hablar con el camarero. Susana se ha despedido ya de todos y está recogiendo sus cacharros. Antes de marcharme le pregunto que si uno puede acostumbrase a esto, y miro a los lados. Con una sonrisa muy profesional me responde: ¿A qué?