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Anoche conocí a todos los hijos de puta del mundo en un apartamento del barrio de Salamanca.
— No jodas, Susana. ¿Tengo que subir?
Han convertido la casa de una duquesa en un club privado. Seiscientos setencientos mil yo qué sé cuántos metros cuadrados llenos, a las dos de la mañana, de obras de arte — Miquel Barceló, Antonio López, un Francis Bacon —, muchísimos libros, mobiliario de diseño, alcohol y un centenar de mamarrachos. Niklas Gustafson, Willy Bárcenas, el CEO de Pescanova, un señor con pantalones fucsias de lino y yo mismo.
— ¿Pero qué hacías allí?
— Odiar.
Todos los que de vez en cuando nos ponemos exquisitos con las paridas de la izquierda cultural deberíamos intentar pasear más a menudo por Serrano. Viendo interactuar a estos ricos de colorines y taconazos uno simpatiza con los bolcheviques, el chavismo y con Barbijaputa si hace falta. Diez minutos del exquisito diálogo de la burguesía patria, inculta y provinciana bastan para querer gritar puño en alto: ¡Arriba parias de la tierra! ¡Si estirem tots, ella caurà! ¡Y hasta la victoria siempre!
Mientras Susana intenta librarse del técnico de sonido y de un fotógrafo pelón — podía haberle ido peor — yo recorro el lugar. Hablo con la gente, con los camareros, con la joven del guardarropa y con una pareja de socios numerarios, que están sudando y parecen muy contentos por la música en directo. Esta noche es de fiesta, me explican, pero de día hay eventos culturales, presentaciones de libros y pequeños conciertos. Mientras comentamos lo mucho que les ha gustado mi actuación — sic — y lo talentosos que les parecen los músicos africanos que están sonando ahora, pasa a mi lado la chica más guapa de la fiesta. Es alta, morena y lleva una falda azul. Le ha tocado acompañar a un señor influyente y feo, pobrecita. No quiero insistir demasiado en el aspecto de estos infelices, pero es que el caballero lleva una americana clara de rayas azules y una corbata anchísima de estampado floral. Outfit de primavera. No es una cuestión de dinero, ni siquiera de estilo. Cayetano Remírez de Ganuza — seguro que tiene un nombre así — paga dos mil euros anuales para que el lector de huellas de la portería reconozca sus dedos rechonchos, así que puede permitirse uno, dos o diez asesores de imagen que le hagan ponerse una puñetera camisa blanca y le digan que ese corte de pelo no. Yo creo que los tonos pastel y los mocasines son parte de un lenguaje secreto, una contraseña, un shibboleth.  Sirven para reconocerse. Son la batukada y el lenguaje inclusivo de los ricos.
Voy a por otra cerveza — la última — y vuelvo a hablar con el camarero. Susana se ha despedido ya de todos y está recogiendo sus cacharros. Antes de marcharme le pregunto que si uno puede acostumbrase a esto, y miro a los lados. Con una sonrisa muy profesional me responde: ¿A qué?

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